viernes, 20 de enero de 2012

¡APIÁDATE DE MI CORAZÓN ALMA MÍA!

¿Por qué lloras, Alma mía?
¿Acaso desconoces mis flaquezas?
Tus lágrimas me asaetan con sus puntas,
pues no se cual es mi error.
¿Hasta cuándo he de gemir?
Nada tengo sino palabras humanas
para interpretar tus sueños,
tus deseos, y tus dictados.

Contémplame, Alma mía;
he consumido días enteros
observando tus enseñanzas.
¡Piensa en todo lo que sufro!
Siguiéndote mi vida se ha disipado.

Mi corazón se ha glorificado en el trono,
pero ahora no es mas que un esclavo;
La apariencia era mi compañera,
más ahora se ha vuelto en mi contra;
la juventud era mi esperanza,
más ahora desaprueba mi abandono. 

¿Por qué eres tan acuciante, Alma mía?
He rehusado el placer
y he abandonado la dicha de la vida
en pos del camino que tu 
me has obligado a recorrer.
Se justa conmigo, 
o llama a la Muerte
para que se desencadene
pues la justicia es tu virtud.

Apiádate de mi corazón, Alma mía.
Tanto amor has vertido sobre mí
que ya no puedo con su carga.
Tú y el Amor son un poder inseparable;
la materia y yo una debilidad inseparable.
¿Cesarás alguna vez el combate
entre el débil y el poderoso?

Apiádate de mí, Alma mía.
Me has mostrado la fortuna inalcanzable.
Tu y la fortuna moran 
en la cumbre de la montaña;
la desdicha y yo estamos juntos
y abandonados en lo profundo del valle.
¿Se unirán alguna vez el valle y la montaña?

Apiádate de mi, Alma mía.
Me has mostrado la Belleza 
y luego la has ocultado.
Tu y la Belleza moran en la luz,
la ignorancia y yo somo uno en la oscuridad.
¿Invadirá la Luz alguna vez las tinieblas?

Tu deleite llega con el fin,
y ahora te revelas anticipadamente.
Mas este cuerpo sufre por la vida
mientras vive.
Esto es, Alma mía, el desconcierto.

Presurosa huyes hacia la Eternidad,
mas este cuerpo fluye lento hacia el fin.
Tu no lo esperas,
y él no puede apresurarse.
Esto es, Alma mía, la tristeza.

Te elevas raudamente, 
por el mandato de los cielos,
más este cuerpo se desploma
por la ley de la gravedad.
No lo consuelas
y él no te quiere.
Esto es, Alma mía, la desdicha.

Eres rica en sabiduría,
mas este cuerpo es pobre en comprensión.
Tu no te arriesgas,
y él no puede obedecer.
Estos es, Alma mía, el límite de la desesperación.

En el silencio de la noche visitas al enamorado
y gozas con la dulzura de su presencia.
Este cuerpo será por siempre 
la amarga víctima de la esperanza y la separación.
Esto es, Alma mía, la tortura despiadada.
¡ Apiádate de mi, Alma mía!

                                   Khalil Gibrán. 

viernes, 13 de enero de 2012

IMPERFECTO

Yo no soy perfecto.
Soy imperfecto en el amor; porque sólo amo a los que me gustan, cuando debería amar a todos.
Soy imperfecto en mis razonamientos, porque sólo entiendo lo que me conviene, y a veces pienso que la razón me pertenece.
Soy imperfecto en la comunicación; porque creo que sólo lo mío es importante, cuando hay tanto que escuchar.
Soy imperfecto en mi manera de ver; porque sólo le presto atención a lo que para mí es bello, aún sabiendo que todo tiene su lado hermoso.
Soy imperfecto en mi manera de creer; porque creo lo que me interesa, y no sé esperar confiadamente.
Soy imperfecto en mi madurez; porque me aferro sólo a lo que tengo y conozco, aún sabiendo que desprendiéndome de esas cosas, será más fácil caminar hacia la grandeza.
Soy imperfecto a la hora de bendecir al prójimo; porque me avergüenza que sepan que tengo fe, aún sabiendo que cada vez que lo hago, sea de la forma que sea,  mi corazón se llena de gozo y de vida.
Señor, ayúdame a superar mi imperfección y tú amigo, trátame como a un igual.
No me catalogues, no soy un objeto.
No me etiquetes, no soy mercadería.
No me juzgues, no soy tu acusado.
No me acuses, no eres mi fiscal.
No me condenes, no eres mi juez.
No me enmarques, no soy un espejo ni un cuadro.
No me definas, soy un misterio.
No me minimices, soy más complejo de lo que crees.
No me divulgues, no soy un producto o una cosa.
No me vulgarices, soy alguien muy especial.
No me apuntes, no soy un blanco de tiro.
No me idolatres, no soy un ídolo.
No me calumnies, tengo el derecho a la verdad.
No me difames, tengo el derecho de ser quien soy.
No me encierres en esquemas, soy más libre de lo que te imaginas.
No creas demasiado en mí, soy falible.
No dudes siempre de mí, soy más verdad que error.
Recuerda siempre que:
Soy una persona como tú.
Soy humano como tú.
Soy limitado como tú.
Soy hijo de Dios como lo eres tú.
“Señor, yo no quiero esta discapacidad en mí, quiero ver con tus ojos”

LOS VERDADEROS MILAGROS

Tres personas iban caminando por el bosque. Uno era un sabio con fama de hacer milagros, otro un poderoso terrateniente del lugar y el tercero, que iba detrás de ellos escuchando la conversación, era un joven estudiante, alumno del sabio.
El terrateniente comentó:
-Me han dicho en el pueblo que eres una persona muy poderosa y que eres capaz de hacer milagros.
-Soy una persona vieja y cansada... ¿Cómo crees que yo podría hacer milagros?, respondió el sabio.
-Me han dicho que sanas a los enfermos, haces ver a los ciegos y vuelves cuerdos a los locos. Esos milagros sólo los puede hacer alguien muy poderoso.
-¡Ah! ¿Te refieres a eso?, dijo el sabio.
-Tú mismo lo has dicho, esos milagros sólo los puede hacer alguien muy poderoso, no un viejo como yo. Esos milagros los hace Dios, yo sólo le pido a Él que le conceda un favor al enfermo, o al ciego; todo el que tenga la fe suficiente en Dios puede hacer lo mismo.
-Yo quiero tener la misma fe que tú, para poder realizar los milagros que haces. Muéstrame un milagro para poder creer en tu Dios.
-¿Volvió a salir el sol esta mañana? preguntó el sabio.
-¡Claro que sí!, exclamó el poderoso terrateniente.
-Pues ahí tienes el milagro de la luz.
-No, yo quiero ver un verdadero milagro, haz que se oculte el sol, saca agua de una piedra, sana a un animal herido tocándole con tu mano. Algo así quiero ver.
-¿Quieres un verdadero milagro? ¿No es verdad que tu esposa acaba de dar a luz hace algunos días?".
-Sí, fue un varón y es mi primogénito, respondió el terrateniente.
-Ahí tienes el segundo milagro, el milagro de la vida.
-Sabio, tú no me entiendes, quiero ver un verdadero milagro.
-Fíjate bien, estamos en época de cosecha, ¿No hay trigo dónde hace unos meses sólo había tierra?
-Sí, igual que todos los años.
-Pues ahí tienes el tercer milagro.
-Creo que no me he explicado bien, lo que yo quiero... el sabio le interrumpió.
-Te has explicado bien, pero yo ya he hecho todo lo que podía hacer por ti. Si no encontraste lo que buscabas, lamento desilusionarte, pero no puedo hacer más.
El poderoso terrateniente se retiró muy desilusionado por no haber encontrado lo que buscaba.
Cuando el poderoso terrateniente estaba lejos, el sabio se dirigió a la orilla del camino, tomó a un conejo enfermo y herido, sopló sobre él y sus heridas quedaron curadas; el joven estaba algo desconcertado.
El joven dijo: Maestro, te he visto hacer milagros como éste casi todos los días, ¿Por qué te negaste a mostrarle uno al caballero?, ¿Por qué lo haces ahora que no puede verlo?
-Lo que él buscaba no era un milagro, era un espectáculo. Le mostré tres milagros y no pudo apreciarlos. Para ser maestro, primero hay que ser alumno.
“No puedes pedir grandes milagros si no has aprendido a valorar los pequeños milagros que se te muestran día a día. El día que aprendas a reconocer a Dios en todas las pequeñas cosas que ocurren en tu vida, ese día comprenderás que no necesitas más milagros que los que Dios te da todos los días sin que tú se los hayas pedido”

LA VIDA ES

La vida es una oportunidad, aprovéchala.
La vida es belleza, admírala.
La vida es bienaventuranza, saboréala.
La vida es un sueño, hazlo realidad.
La vida es un desafío, enfréntalo.
La vida es un deber, cúmplelo.
La vida es un juego, juégalo.
La vida es un tesoro, cuídalo.
La vida es una riqueza, consérvala.
La vida es amor, gózalo.
La vida es un misterio, descúbrelo.
La vida es una promesa, realízala.
La vida es tristeza, supérala.
La vida es un himno, cántalo.
La vida es una lucha, acéptala.
La vida es una aventura, arriésgate.
La vida es felicidad, merécela.
La vida es vida, defiéndela.
                     Madre Teresa de Calcuta.

lunes, 9 de enero de 2012

SOY EL DOLOR REPRIMIDO

Mi alma se queja intensamente al reclamarme por las lágrimas que no he derramado. 

¡Me duele mi sangre, me duelen mis sentimiento, me duele el alma! ¡Ya no puedo reprimir más mis sufrimientos, y si lo hago, sé que reventará mi corazón! Si una presa no puede contener el agua a la que no se le da salida y se derrumba el dique por más fuerte que sea, ¿cómo podría yo contener tanto dolor al que tengo preso en mi corazón?

Soy el Dolor reprimido, y los hombres me han permitido que hable en nombre de ellos. Sé que la vida enseña a los hombre a través del Dolor, y quienes más aprenden, son los que han sabido soportarlo. 

Quiero hablar por mí: Soy el Dolor, y mi corazón se atormenta con el solo pensar que puedo quedarme solo. Pero mi alma se queja intensamente al reclamarme por las lágrimas que no he derramado. 

Y es cierto: he contenido y dominado dolores profundos que he sentido en mi vida. He paralizado a mis ojos para que no derramen lágrimas; he sellado mis labios para no emitir llantos ni quejas; he sujetado a mi corazón para que no exprese su sufrimiento. 

Como Dolor, no he sido el Dolor humilde que llora sus penas, sino por el contrario, he sido el dolor inexpresado, el Dolor encadenado que no supo a su tiempo mostrar la desnudez de su sufrir. Mi alma, no supo aprovecharse de los dolores de mi corazón. 

¡No me confundan!: no soy el masoquista que quiere sufrir. No soy tampoco el Dolor sufriente por penas imaginarias, como no soy el Dolor atenazado y atizado por las culpas. Soy simplemente "el Dolor reprimido".

Un doliente, se acuerda cuando siendo un niño muy pequeño, se enteró que su padre había muerto, y no pudo entender su sufrimiento, porque le contaron que su papá se encontraba en un mejor lugar que en la tierra. Otro doliente, contuvo su sufrimiento cuando su madre lo abandonó, y cuando sintió sus ganas enormes de llorar, le dijeron que no valía la pena, pues su madre al abandonarlo demostró que no lo quería. Un doliente bueno y fuerte, reprimió su sufrimiento ante la muerte de su hija, pues según él, tenía que dar ejemplo de fortaleza a su esposa y a sus hijos. Una pequeña doliente sintió que el mundo se hundía a sus pies, cuando se enteró de la muerte de su hermano, pero sus familiares contuvieron su llanto. 

El padre doliente, aún no entiende como su adorado hijo de pocos años, se le murió en sus brazos. Pero contó con el alcohol y el trabajo, para reprimir su pesadumbre. 

Dolientes ha habido en todas partes, y siempre los habrá. ¡Pero qué desgracia para aquellos que se han encerrado en su Dolor y han preferido tragarse sus lágrimas y convertir sus recuerdos dolidos en suspiros de tristeza!


Como Dolor que soy, testifico que anido en los corazones de mujeres, hombres, niños, ricos, pobres; y que igual visito la choza del pobre como los palacios de los reyes. En romances, soy testigo que se van los amores y yo me quedo. Sé, que hay dolores tristísimos que consumen vidas enteras, y que si persisten, es porque se alimentan de la sangre que derraman tantos corazones sufrientes: es el Dolor que se alimenta del Dolor. 

Pero tengo una queja con aquellos dolientes que han reprimido sus dolores y que se rehúsan a quejarse, aun y cuando haya pasado mucho tiempo de aquello por lo que tanto sufrieron, pero que reprimieron, como yo que he reprimido mis mas lacerantes dolores.  ¿Y en verdad, para una memoria llagada y doliente, será mucho tiempo diez, veinte, treinta o más años, de aquella muerte de su padre, de su pierna amputada por un enfermedad, del fallecimiento de su hijo, de un amor destrozado, del abandono de su padre, del hijo fallecido en la infancia?
No creo, pues como Dolor que soy, lo que más recuerdo y mantengo en mi memoria, es todo aquello que al haberme hecho mucho sufrir, me convirtió en Dolor. Me duele muchísimo mi Dolor, y me rebelo a creer que los grandes dolores son mudos. ¡No me importa que se me nuble mi alma y que me ataque la melancolía! Además creo, que si en su momento hubiera expresado y llorado mis sufrimientos, sería un Dolor arrinconado en el alma de cada doliente, y no un Dolor intenso y vivo, escondido en muchos rincones del corazón. 

Creo que aun puedo expresarme como Dolor. Pienso, que los dolientes mucho harían por aliviar y curar sus sufrimientos, si ahora lo lloraran y expresaran, no importando el tiempo que haya pasado. Creo que los dolores guardados y arrinconados siempre estarán presentes, y en cambio, los sufrimientos expresados, se alivian y curan. 

Lo que nos quieres decir el "Dolor reprimido", no es que estallemos en sufrimiento provocados, pero si, que tenemos todo el derecho a llorar por lo que no lloramos, a no negar más los sufrimientos que reprimimos, a no querer enterrar el sufrimiento en un falso olvido. "La memoria sufrida nunca olvidada". 

La dignidad de nuestra sangre y la nobleza de nuestra alma, nos pide que es de fuertes el quebrarnos ante los dolores que no pudimos expresar, y saber, que las lágrimas que derramemos serán el más eficaz, bendito y noble disolvente de nuestros dolores pasados. 

Un proverbio irlandés dice: "Las lágrimas derramadas son amargas, pero más amargas son las que no se derraman". Y todo dolor reprimido es un torrente de lágrimas hacia adentro, intensamente amargas, pues inundan el alma de pena. 

El poeta Gustavo A. Bécquer expresó: " ¡Tengo miedo de quedarme a solas con mi dolor! Como Dolor que soy, quiero decirles que siempre estoy a solas; y cuando no lo expreso mediante lágrimas o palabras, como Dolor me intensifico y más me aisló. Ni en mis más profundas penas encuentro consuelo como Dolor inexpresado. ¡Cuánta razón tiene Shakespeare, cuando en su magistral obra, "Macbeth", el personaje Malcom le dice al personaje Macduff: "Da palabras sal dolor. La pena que no habla susurra al turbado corazón y lo rompe". 

Extracto de la columna de  "El mañana"
por Jacinto Faya Biesca.